Hidratación en invierno: 

por qué no  sientes sed pero igual la necesitas 

Publicado en: 25 de agosto de 2026  y atualizado en: 25 de agosto de 2026
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El invierno tiene una manera silenciosa de engañar al cuerpo. Cuando bajan las temperaturas,  la sensación de sed disminuye de forma significativa y muchas personas interpretan eso como  una señal de que ya están bien hidratadas. La fisiología dice lo contrario.  

Lo que el frío le hace al mecanismo de la sed  

Cuando baja la temperatura, los vasos sanguíneos se contraen para conservar calor, un  mecanismo que reduce la señal interna de sed, aunque el cuerpo siga perdiendo agua a través  de la respiración, la piel y el metabolismo diario. A esto se suma un fenómeno fisiológico  específico del frío: a medida que el cuerpo se enfría, la pérdida de agua a través de la orina  aumenta debido a una mayor frecuencia de micción, respuesta conocida como diuresis  inducida por el frío.  

El resultado es una paradoja: el cuerpo pierde más líquidos de lo habitual, pero la señal de  alerta —la sed— llega más tarde o directamente no llega.  

Más fuentes de pérdida de las que parecen  

El sudor no es la única vía de pérdida de agua. En climas fríos se producen pérdidas  adicionales como consecuencia del aumento en la orina y el agua respiratoria. La pérdida de  agua respiratoria diaria normal es de entre 250 y 350 mL/día, aunque la cifra real varía según  las condiciones ambientales. A esto se suma el efecto de los ambientes cerrados con  calefacción: el aire seco, la calefacción y la mayor incidencia de infecciones respiratorias  favorecen la evaporación de agua a través de la piel y las vías respiratorias.  

Las consecuencias de una deshidratación leve  

La deshidratación en invierno no suele ser severa ni dramática —y precisamente por eso pasa  desapercibida. Pero incluso en grados moderados, sus efectos son concretos. Estudios han  demostrado que una reducción del 1 al 2% en el peso corporal debido a la pérdida de agua  puede afectar significativamente la función cognitiva, especialmente en niños y adultos  mayores. A nivel práctico, eso se traduce en dificultad para concentrarse, fatiga, dolores de  cabeza y cambios en el estado de ánimo —síntomas que en invierno suelen atribuirse a otros  factores.  

La deshidratación en esta época puede provocar fatiga, dificultad para concentrarse, piel seca  y, en casos más severos, complicaciones renales. 

Grupos con mayor riesgo  

En los niños pequeños, la señal de sed suele ser tardía o difícil de expresar. En adultos  mayores, la sensación de sed disminuye por cambios fisiológicos, a lo que puede sumarse el  miedo a la incontinencia, lo que provoca que beban menos líquidos de lo necesario.  

Cómo hidratarse en invierno sin forzar el agua fría  

La buena noticia es que en invierno la hidratación tiene aliados naturales. Las infusiones de  hierbas, los caldos caseros, las sopas y las frutas de temporada —especialmente los cítricos—  contribuyen al balance hídrico diario. Los especialistas aconsejan mantener una ingesta regular  de líquidos a lo largo del día, incluso en ausencia de sed, y aumentar el consumo de alimentos  ricos en agua como frutas, caldos y verduras de temporada.  

Un indicador práctico y confiable del estado de hidratación es el color de la orina: debe ser  clara y abundante. Si es oscura, el cuerpo está enviando una señal que conviene atender,  aunque no haya sensación de sed.  

No sentir sed en invierno no significa no necesitar agua. Significa que el cuerpo, ocupado en  conservar calor, dejó de recordárnoslo.  

Fuentes:  

 

Este material es sólo para fines informativos. No debe ser utilizado para realizar el autodiagnóstico o la automedicación. En caso de duda, siempre consulte a su médico.
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